Líderes y lideresas de América Latina reafirman voluntad de integración regional
Nuevamente Venezuela es epicentro de coaliciones populares, esta vez con el Encuentro Latinoamericano de Gobiernos Locales y Democracia Participativa, que reunirá hasta el próximo 8 de junio, en la ciudad de Caracas, a un centenar de alcaldes, gobernadores, concejales, líderes y lideresas progresistas de 19 países latinoamericanos y caribeños.
Una evaluación de los resultados de la educación en África, finalizando el cuarto lustro del siglo XXI, refiere que el continente debe redoblar sus esfuerzos en esa gestión para no defraudar al futuro.
Diane Rwigara después de su detención. La ruandesa había intentado disputar la presidencia del país a Paul Kagamé Fotografía: Getty
«Si las mujeres africanas hicieran huelga un día, el continente se pararía». Esta máxima no se traduce en un protagonismo dentro de las esferas de poder y de toma de decisiones. Los movimientos feministas continentales luchan por equilibrar la balanza.
Gloria Jean Watkins, conocida como bell hooks, dice que «el feminismo es un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexual y la opresión» de la mujer. Esta profesora y activista social afroamericana, autora de El feminismo es para todos reitera que «el feminismo es una actitud política y no la elección de un estilo de vida o una identidad».
Las feministas en el continente africano existen y luchan contra el patriarcado imperante, y lo hacen en medio de insólitas historias de opresión. Por ello, en el preámbulo de la Carta de Principios Feministas para las Feministas Africanas se enfatiza que «nuestras luchas actuales como feministas africanas están directamente vinculadas a nuestro pasado como continente, a los contextos precoloniales, a la esclavitud, la colonización, las luchas de liberación, el neocolonialismo, la globalización… Los Estados africanos modernos se construyeron a espaldas de las feministas africanas, que lucharon junto con los hombres para la liberación del continente».
Mujeres y política
En las últimas dos décadas, las africanas han logrado grandes avances en la esfera de los derechos, en buena medida gracias a que muchos países han logrado una mayor estabilidad política. Ha habido un progreso notable, por ejemplo, en el derecho a elegir, a participar en el liderazgo político, en la capacidad para influir en los procesos políticos o en la misma justicia transicional. Las cuestiones de género, que en algunos momentos no fueron más que una ocurrencia tardía e interesada, están ocupando un espacio central tanto en los programas políticos, como en los escenarios donde se toman las decisiones.
Según la ONU, la presencia de la mujer en la toma de decisiones políticas sigue siendo deficiente en todo el mundo. En noviembre de 2018 solo el 24 % de los miembros de los parlamentos nacionales eran mujeres, frente al 11,3 % del año 1995. África, que presenta una media del 26 %, tiene el honor de acoger al país con el porcentaje más elevado del mundo: el 61,3 % de los parlamentarios ruandeses son mujeres.
En Kenia, las mujeres representan solo el 19 % de la Asamblea Nacional y el 27 % del Senado. A pesar de que en la Constitución de 2010 se establece que no más de dos tercios de cualquier grupo con representación en estos organismos puede ser del mismo género, el país no ha implementado esta norma. Como ha dicho la feminista keniana Marilyn Kamuru, «todas estas son solo muestras de un patriarcado irracional».
En las recientes elecciones presidenciales de Nigeria, celebradas en febrero de 2019, una de las principales candidatas, Oby Ezekwesili, se retiró. El país tiene un número muy bajo de mujeres elegidas para cargos públicos, apenas el 5,6 %.
A pesar de la lentitud del progreso, lo que sí se ha conseguido es que temas como la eliminación de la violencia de género, la preocupación por el trabajo doméstico no remunerado, el fomento de la igualdad de género o las reformas legales que permiten a las mujeres participar de forma más activa en la vida pública, ocupen un lugar predominante en el escenario público y político.
En este sentido, no se puede subestimar el trabajo de los movimientos feministas para garantizar en el continente leyes y políticas con conciencia de género. Estos avances no se han producido como resultado de la generosidad de la élite gobernante –en muchos casos, militar–, sino que se han conseguido en buena medida gracias a las reivindicaciones de los colectivos feministas.
El poder y los poderosos
Los movimientos feministas africanos están exigiendo a los gobiernos que vayan más allá de la política de gestos. En el campo de la representatividad, el objetivo nunca fue solo mejorar los porcentajes, sino cómo ese incremento de mujeres en cargos públicos supone una mejora para las condiciones de vida de los colectivos más marginados. Esta es todavía una tarea difícil para las jóvenes democracias africanas.
El caso de Ruanda es significativo. El elevado número de mujeres en cargos públicos no se traduce en una incidencia real en consecución de una mayor libertad política o en el progreso de las propias mujeres. En 2018, Diane Rwigara y Victoire Ingabire fueron detenidas por incitar a la violencia y la insurrección. Ambas, en épocas diferentes, intentaron disputar la presidencia a Paul Kagamé. Las etiquetas #FreeDianeRwigara y #FreeVictoireIngabire, que pedían la libertad para las dos activistas, fueron tendencia en Twitter.
En la mayoría de los países, los patrones se repiten y la realidad refuerza la marginación de las mujeres y un acceso desigual a los espacios públicos y políticos según el estudio Women in Political and Public Life, de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, donde se constata que la mujer sigue ocupando un puesto marginal.
La falta de transparencia, la fuerte monetización de las campañas electorales y la violencia son algunos de los factores que impiden que muchas mujeres y grupos marginados en África accedan al poder. Además, el capitalismo –como sistema de control de los recursos– y la creciente desigualdad hacen que la política solo sea accesible a los más pudientes, que controlan el poder y a la ciudadanía.
Hay algunos ejemplos destacables, como Etiopía, donde el primer ministro Abiy Ahmed nombró a la primera mujer presidenta de Etiopía, Sahle-Work Zewde, con un gabinete compuesto al 50 % por hombres y mujeres, y en el que estas ocupan puestos clave. También son mujeres la presidenta del Tribunal Supremo y de la Junta Electoral. En este caso, el cargo ha recaído en una antigua opositora. Aunque estos cambios son significativos, las feministas en Etiopía esperan que sirvan para abordar los desafíos que impiden la plena participación política de las mujeres.
Derechos económicos
África, el continente más joven del mundo con una media de edad de 19 años, tiene el reto de garantizar los derechos económicos de las mujeres. Según la ONU, siete de cada diez mujeres en África subsahariana están en edad laboral –el porcentaje es de cinco de cada diez en Europa–. Sin embargo, la mayoría de ellas están ocupadas en trabajos informales, mal remunerados y poco productivos. Un 76 % trabaja en la economía informal no agrícola, en comparación con el 59 % de los hombres.
En el informe del Foro Económico Mundial de 2018, se indicaba que África subsahariana podría tardar hasta 135 años en cerrar la brecha de género debido a las dimensiones del empoderamiento económico y político. Los derechos laborales de las mujeres siguen siendo uno de los núcleos de la reivindicación feminista, especialmente en la medida en que los centros de producción evolucionan en el continente a consecuencia de la mano de obra barata, y a legislaciones laborales débiles. Ante la ausencia de sindicatos bien organizados, los movimientos feministas siguen siendo cruciales.
Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo sobre El trabajo asistencial y los trabajadores asistenciales para un futuro trabajo digno, para el año 2030, cerca de 2.300 millones de personas necesitarán cuidados debido al aumento de niños y personas mayores. La carga de las labores del cuidado no remunerado descansa, principalmente, en las mujeres. Estas realizan el 76,2 % de las horas de trabajo no remunerado de tipo asistencial, lo que significa tres veces más que el de los hombres en todo el mundo. Lo mismo sucede en África.
«El trabajo doméstico no remunerado es la principal barrera que impide a las mujeres ingresar, permanecer y progresar en el mundo laboral», señala el informe. La llamada a un reconocimiento, redistribución y remuneración de trabajos asistenciales no pagados está en el centro de la agenda feminista, no solo en África sino en todo el mundo.
La educación no es suficiente
Entre 1990 y 2016, la alfabetización de adultos en África subsahariana aumentó del 52 % al 65 %, mientras que la tasa de alfabetización juvenil pasó del 65 % al 75 %. A pesar del progreso, la disparidad de género en la alfabetización juvenil persiste, según la UNESCO. Mientras que en la mayoría de las constituciones se garantiza específicamente el derecho a la educación, la realidad demuestra que las chicas todavía tienen el acceso limitado. Más de 49 millones de niñas están fuera de la escuela primaria y secundaria en África subsahariana, y el 40 % de las niñas se casan antes de los 18 años. El matrimonio infantil, impulsado por las creencias sociales y la situación económica de muchas familias, sigue negando la educación a muchas niñas. Pero, en algunos casos, las barreras las ponen los mismos líderes políticos. El presidente de Tanzania, John Magufuli, puso en marcha una campaña para expulsar de la escuela a las niñas que se quedaban embarazadas.
Para la mayoría de las jóvenes que proceden de entornos empobrecidos, el acceso a la educación no es solo una cuestión de infraestructuras. Para muchas niñas, tener la menstruación significa no poder ir a la escuela: alrededor del 30 % de las niñas ugandesas dejan de asistir a la escuela por este motivo. Una destacada académica en Uganda, provocó la indignación del Gobierno cuando comenzó la campaña #Pad4GirlsUg.
La activista feminista Stella Nyanzi arremetió contra el presidente, Yoweri Museveni, y su esposa, Janet Museveni, ministra de Educación ugandesa, por no cumplir su promesa de facilitar compresas a las alumnas. Nyanzi captó la atención nacional e internacional con un lenguaje mordaz, lo que le valió ser acusada de «comunicación ofensiva» y «acoso cibernético» por el propio presidente. Como resultado de ello, fue detenida en 2018.
La búsqueda de la igualdad provoca resistencias en muchas ocasiones, y el impulso que desafía las restricciones sociales que limitan la autonomía de las mujeres, su identidad y su expresión sexual, está muy politizado y controlado, ya que a menudo se muestra como un «ataque a la cultura africana».
La profesora Oyeronke Oyewumi habla de esta hipocresía: «No me gusta la palabra cultura, porque se ha usado de manera muy negativa. No me gusta la cultura como una forma de explicar cosas en este continente, porque lo que veo es lo que llamo culturas de la impunidad, que ya representó la colonización. Porque si recordamos la colonización, trató de limitar o quitar tu soberanía».
Movimientos de protesta
Después de que los casos de violaciones de menores se duplicaran en un año, Sierra Leona declaró recientemente que la violación y la violencia sexual son una «emergencia nacional». El reconocimiento de la violencia sexual y el movimiento para eliminar las barreras a la justicia, así como para enfrentarse a los usos sociales –en muchos casos contrarios a la divulgación y condena de estos crímenes–, es lo que muchos grupos de derechos feministas están tratando de conseguir. En Malaui, políticas de diferentes formacionesy grupos de defensa de los derechos de las mujeres se han unido contra la violencia de cara a las elecciones que se celebrarán en mayo. El desencadenante ha sido el caso de una mujer musulmana, Veronica Katanga, desnudada en público por miembros de un partido opositor. El vídeo del ataque se hizo público en Internet.
A principios de marzo de 2019, cinco hombres fueron condenados en Puntlandia (Somalia) por la violación en grupo de una joven de 16 años. En la misma semana, Aisha Ilyas Adan, una niña de 12 años, fue violada y su cuerpo desmembrado por siete niños conocidos por su familia. Las mujeres somalíes salieron a la calle para protestar por un clima de violencia contra las mujeres que se acentúa por la inseguridad y se diluye entre la opinión pública, debido a la gravedad de la situación general del país.
En su libro Digital Democracy Analogue Politics, Nanjala Nyabola dice que mientras que «en la esfera pública todavía se silencia la voz de las mujeres, los espacios digitales hacen posible que las mujeres griten al vacío».
Cada vez son más las protestas organizadas por colectivos feministas, muchas de ellas a través de las redes sociales. Esto ha dado una visibilidad inédita a este movimiento. #MenAreTrash, la poderosa y provocativa etiqueta, que comenzó como forma de protesta contra el abuso sexual y el feminicidio en Sudáfrica, pronto se extendió entre otros muchos colectivos feministas africanos, que lo están utilizando cada vez más para desafiar –aunque sea de forma soez y grosera– a la misoginia. En marzo, las feministas kenianas organizaron marchas contra el aumento de asesinatos de mujeres con otra etiqueta: #TotalShutDownKe.
En febrero de 2019 una cuenta de Twitter en Nigeria aglutinó infinidad de comentarios sobre la violencia de género después de que una usuaria de esta red social compartiera su propia experiencia. Muchas tuiteras hicieron públicas sus historias personales, rompiendo así con el silencio que se impone sobre estas violaciones.
Su propia historia
El crecimiento de las redes sociales ha multiplicado las formas en las que las mujeres pueden conectarse, movilizarse y luchar. Estas plataformas han permitido replantear historias de mujeres cuyas vidas y testimonios habían sido anulados. Por ejemplo, a raíz de la muerte de Winnie Mandela, la segunda esposa de Nelson Mandela, las sudafricanas acudieron a las redes para desafiar las narrativas imperantes y reclamar su papel como luchadora por la libertad en la Sudáfrica del apartheid.
A menudo, los testimonios de las mujeres africanas se minimizan y se empobrecen, por lo que iniciativas como el Museo de Historia de las Mujeres, en Zambia, son cruciales. A medida que más jóvenes africanos busquen comprender y desplegar políticas feministas, el desafío será conformar una cultura africana verdaderamente inclusiva para todos los ciudadanos del continente.
Fuente: Mundo Negro: Por Rosebell Kagumire, periodista y bloguera. Editora de African Feminism.
Observatorio de Medios del Centro de Saberes Africanos, Americanos y Caribeños.
Un arma de doble filo de los conflictos entre África del Norte y África subsahariana.
La historia del continente africano se caracteriza por ser una de constantes flujos migratorios. Antes de la desertificación del Sáhara, las fronteras no habían sido un problema para las distintas sociedades que se trasladaban; sin embargo, hoy en día el desierto funciona a modo de barrera entre el norte y las regiones subsaharianas. Decir que existen numerosas diferencias entre los dos polos es una explicación simplista que reduce la complejidad del asunto. Lo cierto es que esta separación geográfica es, a veces, una justificación de los países del Norte que tienden a desligarse del resto del continente, prefiriendo estrechar lazos con Europa y con Oriente Medio.
Esta desconexión atiende a cuestiones raciales históricas que se remontan al periodo de esclavitud, momento a partir del cual ser negro se convirtió en una categoría inferior. Asimismo, la colonización europea se encargó de ahondar aún más las diferencias entre blancos y negros. Pero las nociones racistas que impregnan actualmente el Norte de África no sólo son una continuación de lógicas pasadas, ya que estas se han reforzado con las dinámicas políticas de los últimos tiempos. Las medidas políticas adoptadas por Europa en materia de migración han seguido profundizando la brecha entre el Norte y el Sur del continente al llegar a acuerdos con países como Marruecos para que pongan freno a las personas migrantes africanas que se dirigen hacia Occidente (léase “La historia del acuerdo de devolución de migrantes a Marruecos que Pedro Sánchez ha sacado del cajón” o “Marruecos, la Unión Europea y el dilema migratorio”).
Otro ejemplo de cómo los compromisos entre Europa y África del Norte deshumanizan a los africanos es el actual comercio esclavista en Libia, país en el que se han externalizado las fronteras Norte-Sur. Sobre el papel, Libia se responsabiliza de parar los flujos migratorios hacia Europa, pero cómo se tratan o qué ocurre con esas personas que son retenidas no ocupa ni la agenda ni la consciencia de los gobiernos. El vacío legal existente crea un contexto de desprotección que ha servido como caldo de cultivo para el resurgimiento de un sistema de explotación que no contempla los derechos humanos. De esta manera, se contemplan a los países árabes de África septentrional como distintos a los del África negra, estableciendo una jerarquía en la que las sociedades negras siguen ocupando el escalón más bajo.
Por lo tanto, no es de extrañar que estas fronteras tanto físicas como morales hayan puesto sobre la mesa la identidad como uno de los principales temas de debate en las reflexiones africanas. El racismo antinegro, presente en las dinámicas políticas y económicas de África del Norte, es un tabú del que muy pocas personas hablan, pero cada vez son más los actores que rompen el silencio.
¿Cómo refleja esta situación la literatura del Norte de África?
En este caso, la literatura ha servido como instrumento para la proyección de esas voces. El pasado mes de marzo se celebró en Túnez el Foro de la Novela Árabe, el cual se centró en el racismo. De acuerdo con The Arab Weekly, autores árabes contemporáneos acudieron al evento, mostrándose simpatizantes con la causa y expresando su preocupación y compromiso por el tema.
El periodista y escritor eritreo Haji Jaber (1976) fue uno de los asistentes. Su obra más reciente, Black Foam (2018), ha sido nominada para el Premio Árabe de Ficción (IPAF) 2019. La novela cuenta la historia de Dawit, un etíope que parte hacia Israel en busca de una vida mejor, pero una vez que llega a su destino tiene que enfrentarse al racismo al que están sometidos los migrantes negros. El autor utiliza la literatura para reflejar la realidad de las sociedades subsaharianas en el norte del continente, lugar en el que parece no haber sitio para ellos. En una entrevista reciente para el ArabLit, Jaber expresa que sus historias locales pretenden alcanzar un público internacional, por lo que la idea es que su proyecto como escritor, enfocado a dar luz a las realidades que se viven en y desde el cuerno de África, no se quede en un contexto regional.
La kuwaití Mona Kareem (1987), autora de tres colecciones de poemas e investigadora, también acudió al foro pero tiene otra postura al respecto. En su artículo reciente ‘Arabic literature and the African other’, publicado en el prestigioso medio anglófono Africa is a Country, Kareem critica los estereotipos de los que se valen las últimas publicaciones de la literatura árabe. Según la mirada de la autora, el desconocimiento de las sociedades subsaharianas ha hecho que estas se perciban como el Otro. Por lo tanto, la literatura pone de manifiesto que la desconexión del Norte tiene como consecuencia que la ignorancia acerca del Otro se traduce en la prevalencia de cánones erróneos que hacen muy poco por acabar con el racismo.
Y es que los argumentos narrativos parten de la base de que los países africanos (que no los árabes del Norte) son lugares inhóspitos, caracterizados por la suciedad, la pobreza y la delincuencia entre otros. Esta visión afropesimista — término que fue acuñado a finales del siglo XX por autores africanos para referirse a la percepción negativa del continente que atribuye la responsabilidad de la incapacidad de progreso a factores endógenos— sesga la literatura árabe y hace del producto final una obra racista que no contribuye a despojar a África subsahariana de las etiquetas impuestas hasta la fecha.
Por si fuera poco, Kareem denuncia que la literatura árabe responde a las demandas extranjeras, ya que cada vez son más las obras que se centran en las minorías negras dentro de los países norteafricanos por el mero hecho de que es lo que le interesa a las academias y ONGs occidentales. Por ende, esta es una nueva forma de colonización que se ha valido de un lenguaje aparentemente antirracista para conservar su legitimidad en el continente. Por lo que el esfuerzo y la voluntad de cambiar el panorama está siendo tergiversado. Sin embargo, esto iría en contra del espíritu y planes de cooperación regional que se llevan planteando desde hace años, pues lo que se está haciendo es fomentar la fragmentación de África y el surgimiento de conflictos internos a través de discursos raciales que construyen a los africanos subsaharianos como el Otro.
La diferencia entre ambas partes del continente sitúa a sus respectivas poblaciones en una balanza desigual en la que el Norte es entendido como el espacio de habitantes blancos y no africanos, mientras que el Sur ha sido relegado a una segunda categoría: el África negra. En este contexto, la literatura árabe, dependiendo de las verdaderas intenciones que impulsen su creación, puede ser una de las maneras de poner fin al tabú del racismo y servir como una herramienta más de concienciación. Como diría el autor keniano Ngũgĩ Wa Thiong’o, es imprescindible descolonizar la mente para que haya una reconciliación entre África septentrional y el África del Sur del Sáhara.
Fuente: Wiriko
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