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Política

La Democracia en África: “A LA MEDIDA OCCIDENTAL”

La Democracia en África es buena o mala conforme a los intereses expoliadoresLa Democracia en África es buena o mala conforme a los intereses expoliadores

Los medios de comunicación de EEUU y Europa nunca le prestaron mayor atención a las dictaduras africanas donde se producían crímenes atroces, torturas, encarcelamientos y asesinatos de líderes opositores, pero actualmente magnifican desajustes antidemocráticos en algunos gobiernos justo porque no responden a los lineamientos políticos e intereses económicos de las potencias occidentales. 

Era fácil encontrar noticias sobre la “dictadura” de Mugabe en Zimbabue, sobre los conflictos en Darfur pero nada o muy poco sobre las víctimas de las guerras del Congo o de Somalia, conflicto que parece revivir de sus escombros con el  ataque más mortífero con un carro bomba en Mogadiscio el pasado año; también se hacía muy exigua referencia sobre Chad o la represión de los gobiernos de Etiopía, Ruanda, Camerún o Togo. Para nadie es un secreto que en su afán de dominio, EEUU y Europa, sobre todo el Reino Unido y  Francia,  callaron durante décadas la violación de los derechos humanos de aquellas dictaduras que estaban bajo su protección. 

Después de la descolonización y la conquista de la independencia en África, aparecieron las autocracias y los gobiernos despóticos. Un conjunto de líderes comenzaron a temer que su desplazamiento del poder significaría “la imposición del regreso del colonizador”. Como en efecto ocurrieron después en algunos países africanos, cuando los herederos de la dura lucha anticolonialista terminaron por pactar con sus antiguos colonizadores y le cedieron espacio a políticas neocoloniales que permanecen vivas en el continente a través de mecanismos más sofisticados.  

La movilización popular y el activismo cívico en el continente africano dieron como resultado  el  derrocamiento de aquellas dictaduras que aún se mantenían en pie bajo el pretexto anticomunista de la Guerra Fría. Pero Occidente entendió que era más cómodo y menos onerosos  continuar el saqueo sin el garrote y el látigo en mano, sin derramamientos de sangre,  sin golpes de estado ni movilizaciones masivas de militares, sino confiarle el rol de fieles guardianes de la “democracia neoliberal” a los grupos entreguistas del continente para la protección de los intereses vitales de las transnacionales. 

Entre los años 1990 y el año 2011 hubo algunos movimientos tendientes a instalar algunos procesos auténticamente democráticos en algunos países africanos hasta que se desató lo que eufemísticamente se llamó la Primavera Árabe que dio al traste con algunas de las dictaduras todavía arraigadas en África del norte. Esto marcó el comienzo del "exorcismo político", como lo bautizó el periodista keniano  Wachira Maina en el diario The EastÁfrica, que puso fin al régimen de 23 años de Ben Ali en Túnez y al régimen de 30 años de Hosni Mubarak en Egipto. Amén de la intervención militar sangrienta de la OTAN en Libia, que violando todas las leyes internacionales, ensangrentó el país y culminó con el vil asesinato del líder Mohamar Kadafi.  

Excepcionalmente varios presidentes de África Occidental, como Ellen Johnson Sirleaf en Liberia, y líderes en Ghana y Senegal, han dejado el cargo dentro de los términos constitucionales. A finales de 2017 este ciclo democrático se extendió  tímidamente hacia el suroeste. Es digno de resaltar, por ejemplo en Angola, la renuncia del veterano estadista Eduardo dos Santos que el año pasado allanó el camino para su sucesor João Lourenço. Hay indicios de que el presidente Lourenco dará pasos firmes hacia una democracia auténtica, defendiendo la soberanía de Angola y sus recursos naturales ante la voracidad extranjera. Lo ocurrido en Zimbabue en noviembre pasado es otro acontecimiento político que en lugar de abrir las puertas democráticas al país, ha llenado de incertidumbre a los pueblos del mundo. Los militares después de rodear con tanques y vehículos pesados el palacio de gobierno, detener al presidente Robert Mugabe y su esposa para ponerlos “bajo custodia”, confesaban en televisión que no se trataba de un golpe de estado. El desuso del lenguaje intentó descodificar el sentido de la acción antidemocrática y se confirmó con el regreso a Harare del destituido y exiliado vicepresidente Emmerson Mnangagwa. 

Mugabe fue un revolucionario que luchó por la liberación de su país contra al dominio blanco en la antigua Rodesia, como nombraba a Zimbabue el colonizador, y que tomó el poder en 1987 permaneciendo como jefe de gobierno desde entonces. Últimamente había nacionalizado las minas de diamante y se alineó junto a Zambia, Senegal y Sudáfrica contra el intento norteamericano de imponer el AFRICOM (Comando de las Fuerzas Americanas en África) que coordina los intereses militares y fundamentalmente económicos en el continente africano, y que usando como coartada a la lucha contra el terrorismo y la insurgencia, se ha convertido en un auténtico guachimán de sus recursos naturales. 

Otro síntoma interesante acerca de la “democratización occidental” en el continente lo constituye la decisión del presidente Ian Khama de Botswana, hijo del héroe de la independencia del país y creador del estado, Seretse Khama, quien después de estar en el cargo durante 10 años anunció su renuncia antes de las elecciones generales pautadas para abril de 2019.  Se estima que, tal como en Zimbabue, lo sucederá su vicepresidente Eric Masisi, posible ganador de las elecciones y hombre progresista quien no pierde oportunidad para expresar  su incondicional apoyo a la lucha del pueblo saharaui por su independencia. 

Una confusa situación reina en Suráfrica. El partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano (CNA), el mismo que luchó durante años contra el Apartheid y la supremacía blanca, decidió destituir al presidente del país, Jacob Zuma, y de esta manera consumó su división, poniendo en práctica una estrategia muy similar a lo ocurrido en Zimbabue con Robert Mugabe. 

Esta especie de golpe palaciego enfrenta dos corrientes ideológicas antagónicas. Por un lado el multimillonario  Cyril Ramaphosa quien no dudará en implementar y profundizar medidas de corte neoliberal y por el otro la ex esposa de Zuma, Nkosazana Dlamini-Zuma, cuyo programa pre electoral fue de un pronunciado carácter popular, proponiendo la expropiación de los latifundios que siguen en manos de una minoría casi en su totalidad blanca. Jacob Zuma  no solamente fue destituido de la presidencia acusado de corrupción, sino también relegado de la dirección del partido que ahora Cyril Ramaphosa ocupa cómodamente. El acaudalado empresario Ramaphosa, quien está  ligado a los negocios transnacionales y al empresariado surafricano acaba de vencer en las elecciones del pasado mes de febrero. 

Esto sucede en Zimbabue y Suráfrica. En Kenia se pretende presionar al gobierno de Uhru Kenyatta, imponiendo al candidato del Departamento de Estado, Raila Odinga, mientras que siguen activos y afanosos los “hombres fuertes” o “autócratas iluminados”, que en un rocambolesco ejercicio del camuflaje lingüístico han dejado de llamarse “dictadores”, pero figuran como los cómplices predilectos del saqueo del neocolonialismo transnacional. 

En esta ristra de hombres fuertes o iluminados está Paul Biya, presidente de Camerún desde 1982 por medio de varias elecciones, todas ellas calificadas de fraudulentas; Meles Zenawi  en Etiopía quien fue aliado de occidente en el Cuerno de África hasta su muerte en 2012 y  cómplice sumiso de EEUU en la invasión a Somalia en 2006. La situación en este país es de relativa inestabilidad ante la renuncia reciente de su Primer Ministro, Hailemariam Desalegn. Aún no se sabe con certeza si esta renuncia está enmarcada en los planes de la “democratización” occidental. 

Joweri Museveni quien en Uganda representa la conversión en pasta del antiguo luchador guerrillero, para ahora llegar a ser el peor vasallo de los intereses de Washington, postura que lo trajinó hasta la guerra civil del Congo y en los conflictos de los Grandes Lagos en defensa de los intereses de EEUU. Hace apenas unas semanas, después que el presidente de EEUU insultó a los pueblos del III Mundo, éste emitió unas declaraciones en donde muestra su indigna genuflexión ante el Imperio yanqui. 

Pero es Paul Kagame en Ruanda, otro renegado, quien encarna el sometimiento pro EE UU más rastrero. Kagame es  considerado como el gran aliado de EEUU en África, quienes consideran a Ruanda la «Suiza de África»,  por otro lado es señalado como autor de varias masacres  y buscado por los jueces Fernando Andreu y Jean Louis Bruguière. El miembro del Comité de Solidaridad con el África Negra, José Lucas, afirma en un artículo que Kagame es el “el pilar principal para el control de las inmensas riquezas mineras del este del Congo…utilizado para deponer presidentes…”

La oleada de conjuras contra los gobernantes más progresistas o de aquellos que le son más incómodos a Occidente presentan características tan similares que inducen a pensar que no se trata de una movida ocasional, sino de una muy bien pulimentada estratagema cocinada en la cavernas de los servicios secretos y en los centros de poder militar occidentales. 

El modo como estos presidentes hayan caído uno a uno como bajo el influjo del efecto dominó no se aleja mucho de las prácticas usadas en América Latina para idéntico fin cuando la Revolución Bolivariana y el Comandante Hugo Chávez irrumpió en el escenario político latinoamericano contagiando a varios países del continente. El imperialismo norteamericano y las oligarquías nacionales  reaccionaron con premura poniendo en práctica las más inusitadas maniobras parlamentarias para detener la Segunda Independencia de la América Latina. De esta manera fue derrocado Fernando Lugo en Paraguay, Manuel Zelaya en Honduras y Dilma Rouseff en Brasil; luego se recurrió al engaño en Ecuador para revertir la Revolución Ciudadana y se orquestó  un insensato linchamiento mediático contra Cristina Fernández en Argentina que le hizo perder las elecciones. No es nada artificioso  deducir que esta práctica exitosa en la tierra de Bolívar, San Martín y Martí se haya injertado con resultados parecidos en la de Lumumba, Amílcar Cabral y Tomás Senkara. Tampoco sería desmedido llegar a la conclusión de que se trata de una mañosa estrategia de dominio sin derramamiento de sangre que el imperialismo ha puesto a la orden del día. 

Es necesario replantearse a fondo el concepto de “democracia única” que la civilización occidental pretende imponer al mundo entero para preserva sus intereses, concepto que está siempre asociado al libre mercado, es decir al capitalismo, como lo sostiene Samir Amin. África, durante siglos, creó y desarrolló su propia “democracia” que el colonialismo europeo destruyó.  Fue a través de los Consejos de Ancianos que se ejercía una auténtica democracia, en donde el consenso fue esencial para armonizar la sociedad y buscar el bienestar de todos. Los reyes, cuyo poder nada tiene que ver con las ancianas monarquías europeas, decidían por consenso a través de consultas a estos Consejos de Ancianos de las comunidades. Modernizar estos organismos sin la injerencia de los neo colonizadores occidentales es una ardua  labor que solo les corresponde a los africanos.


Alfredo Lugo

Para el Observatorio de Medios del Centro de Saberes Africanos, Americanos y Caribeños


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