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Política

La migración inesperada: Latinoamericanas en Tanzania.

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A pesar de que los registros y estudios de migraciones de Latinoamérica a África son casi inexistentes, aquí cuento la historia de varias mujeres latinoamericanas y cómo África dejó de ser un estereotipo para volverse un espejo.

La única referencia que escuché sobre todo un continente mientras estaba creciendo partía del imaginario de los niños desnutridos, que por sus infortunios hacían de alguna manera más valiosas las cosas que yo no quería.

–Acabe pues, que hay niños en África que no tienen ni para comer y usted acá desperdiciando.

Años después, en el colegio nos enseñaron a dibujar el mapamundi con todos los continentes (un mapa erróneo y desproporcionado, pero eso es otro tema), pero no nos enseñaron más allá de los nombres de los países con sus capitales, que obviamente olvidé una semana después. Aprendimos sobre las guerras mundiales y por qué la Unión Soviética, Cuba y Estados Unidos se odiaban, de cómo los españoles colonizaron nuestro territorio y esclavizaron a personas africanas que trajeron por la fuerza, y eso explicaba por qué teníamos personas negras en Colombia, todas descendientes de una sangrienta historia. Pero nunca nos enseñaron a conectar con las culturas que esas personas habían sido obligadas a dejar atrás.

Veía fotos de África en las noticias: guerras, hambre y, ¿por qué no?, safaris. Los animales robaban el show: las imágenes de los dorados atardeceres del Serengueti reflejados en gigantescas siluetas de elefantes, o miles de ñúes cruzando el río en la gran migración, mientras una mamá leona le enseñaba a cazar a sus crías persiguiendo a un inocente venadito. Mientras tanto, las personas eran reducidas a ser menos importantes que las jirafas a nivel internacional y la única foto ganando premios era la de un niño con piel muy muy oscura, con los huesos a flor de piel y sin fuerzas siquiera para levantar su propio peso, mientras un buitre pacientemente lo observaba y esperaba para podérselo comer. Era como si fuera tierra de nadie, y no conocía quién me pudiera contar más al respecto.

Cuando decidí ir a Tanzania, fue principalmente una forma de escape de mi propia realidad rutinaria en Colombia, pues con tan solo 23 años había logrado lo que muchos esperarían no menos que a sus 30: graduada con honores de la universidad después de estudiar becada, ya con al menos cinco años de experiencia laboral en mi campo, lideraba el área audiovisual de una organización social y también trabajaba en una organización internacional de periodismo de investigación. Mi familia era unida y yo era independiente hacía años. Mi mejor amigo y yo ya llevábamos cuatro años de novios y vivíamos juntos. Ya se hablaba de matrimonio e hijos, y sinceramente yo no tenía una excusa para decir que no.

23 años. No me podía quejar, pero tampoco estaba satisfecha, y sentía que estaba en una zona de confort que me impedía seguir creciendo. Quería aventura, nuevos retos a nivel personal y profesional, y tener un impacto social. ¿En dónde podría explorar todo eso? África era el continente del que menos sabía, y particularmente por eso me llamaba la atención. Tan lejano, pero con tanto por descubrir. No sabía que era parte de una ola feminizada: mujeres latinas superando a los hombres en migración hacia África desde los 2000s.

Solo conocía a una persona de todo el continente, que después de conversar por media hora en un bar en Perú e intercambiar contactos, me invitó a ir como voluntaria a construir una organización en Tanzania (amigos, no recomiendo hacer esto en casa, tengan cuidado). Así fue como de un momento para otro terminé en un país del que nunca había escuchado hablar, viviendo en una casa que acababan de alquilar, voluntariando en una organización inexistente, viviendo con un tipo que había visto una vez en mi vida, tratando de comunicarme en suajili, un idioma parecido al árabe pero escrito en abecedario romano. Imposible.

Sin embargo, fue una de las mejores experiencias de mi vida, y a pesar de que pensaba quedarme solo tres meses, ya llevo más de tres años. Y por más loco que parezca, siento que a pesar de ser tan lejanos y no saber nada de este continente (y viceversa), al ser latina conecté mucho más fácil con Tanzania y todas las maravillas que tenía para ofrecer.

Tres años después, sé que no fui la única. En 2020, los 426.017 inmigrantes en Tanzania (0.7% de su población) eran mayormente burundeses (52%) o congoleños (17%). Los latinos ni aparecíamos en los registros principales, y la información o estudios hechos respecto a este tipo de migraciones son casi nulos. Sin embargo, ahí estábamos: mujeres como Isabel, Sandra, Loreto y Daada, el 52% de esa migración invisible, construyendo hogar en un país con uno de los PIB per cápita más bajos del mundo (€1.098). A pesar de que los registros y estudios de migraciones de Latinoamérica a África son casi inexistentes, aquí cuento nuestra historia, y muestro cómo África dejó de ser un estereotipo para volverse un espejo.


Fuente: distintaslatitudes.net

Publicado por AiSUR

Premio Nacional de Periodismo Necesario Anibal Nazoa 2020


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