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República neocolonial, Revolución y posposiciones

Revista Bohemia. Limpiabotas en El Prado 1957Revista Bohemia. Limpiabotas en El Prado 1957

 Autor: Ernesto Estévez Rams

Todas las formas de gobierno en Cuba antes del 59 fueron, con toda su complejidad, expresiones de una minoría explotadora en el poder, clase alquilada por poderes imperiales ubicados más allá de la Isla

Me asombra por estos días la añoranza de algunos por un capitalismo benévolo que nunca existió en Cuba. Para la Isla, por su relación histórica con el imperialismo estadounidense, el capitalismo rosa siempre ha sido una quimera o, más bien, un engaño mal comprado y peor vendido; esa ilusión de capitalismo gentil detrás de cuya consecución se justificaría una realidad más cruel de explotación y subordinación.

La Constitución del 40 fue un paso de avance extraordinario en su época, al codificar un conjunto de aspiraciones de avanzada que se convirtió en referente para devenires futuros. La realidad es que ella, nacida de una correlación de fuerzas frágil y coyuntural, aun en su carácter burgués, era entonces objetivamente inviable. En Cuba, la ruptura del vasallaje neocolonial solo era posible desde la ruptura de esa propia estructura social burguesa. Una revolución antimperialista, según Mella condición necesaria para lo emancipatorio, no podía sostenerse desde la burguesía en el poder. Su única oportunidad de victoria era desde la toma del poder por los que hasta ese momento fueron los desposeídos, o como dijera Fidel, de, por y para los humildes.

No se puede entender el alegato-programa La historia me absolverá sin entender las ideas recogidas en la Constitución del 40. No se puede menoscabar su papel de referente para las fuerzas que lucharon contra la dictadura. Ella fue bandera de lucha hasta que esa misma realidad generara la convicción de que la única forma de realizarla era rebasándola.

Fue en esa república maltratada donde maduró, a contrapelo de los intereses hegemónicos, una idea de nación, inspirada en Martí, que fue perfilándose en la medida en que la realidad objetiva la moldeaba. Al decir de la doctora Ana Cairo, en ese contexto se desarrollaron las ideas de justicia emparentadas a un pensamiento socialista de base diversa. Ideas que, en las sucesivas luchas contra esa realidad imperante, se radicalizaron y se fueron integrando, con sentido clasista, en las de la nación cubana. No hubiéramos tenido Revolución sin República neocolonial burguesa. «La Revolución, como el hecho extraordinario que es, y ha sido, tiene, entre otros muchos, el mérito de haber llevado a vías de hecho, de haber podido desarrollar en la práctica, medidas que estaban pensadas, meditadas, y valoradas en sus distintas opciones, pero que se encontraban imposibilitadas en su realización por las anteriores estructuras republicanas». (1)

Las formas de gobierno republicano no pueden entenderse si no se entienden las relaciones económicas que ellas sustentan. Todas las formas de gobierno en Cuba antes del 59 fueron, con toda su complejidad, expresiones de una minoría explotadora en el poder, clase alquilada por poderes imperiales ubicados más allá de la Isla.

En su obra La revolución pospuesta, Ramón de Armas presenta la tesis de que «en el caso cubano, para 1895 ya se ha formado una neocolonia dentro de la colonia», resultado de la cada vez más hegemónica sujeción de la economía cubana por los poderes burgueses de Estados Unidos. La revolución de 1895 no solo se enfrentó a la «colonia cubana de España» decadente, sino a la emergente «neocolonia cubana de Estados Unidos». Nuestra guerra de independencia en el 95 transcurrió de tal suerte que, a decir de Martínez Heredia, «mientras los cubanos iban ganando la guerra, estaban perdiendo la revolución».

El papel que nuestra burguesía tuvo en esa frustración de la potencial república martiana fue descrito por el propio Martínez Heredia: «La burguesía cubana está unida en cuanto a ansiedad por el restablecimiento del orden, logrado mediante el desmontaje de los instrumentos de la revolución, aunque sea a costa de la ocupación extranjera. Después de haberse opuesto a lo largo del siglo, su sector actual neocolonial acepta ahora y asume la independencia y la república, como vía que asegure su posición y reduzca a las mayorías a retornar a las relaciones básicas de explotación y dominación». Para Fernando, nuestra burguesía estuvo incapacitada estructuralmente para ser clase nacional.

La familia Gómez-Mena se enriqueció en la colonia con el genocida negocio de la trata esclava y el comercio de contrabando. El paso a la República no perjudicó su suerte económica: dueños de la famosa manzana de Gómez, asociados a bancarios, propietarios de más de 500 viviendas, de centrales azucareros, fábricas, de equipo de pelota. Los Gómez-Mena nunca tuvieron problemas para enriquecerse en Cuba, ni cuando la esclavitud, origen de su fortuna, ni en la república maltratada, donde su accionar político directo, o sus conexiones con todos los gobiernos de turno, ya fuera ocupación norteamericana, ya fueran democráticos, ya fuera tiranía, ya fuera dictadura, les aseguraba la continuidad del estado de cosas que les favorecía: ministros en unos gobiernos, asesores de otros, siempre al frente o entre los directivos de cámaras de propietarios, de comerciantes, de hacendados. La puerta de los presidentes de turno siempre estaba abierta a su casta. Batista asistía, ya dictador, a las bodas de una de las hijas, aliada por matrimonio con los Fanjul, otros burgueses felices de la República maltratada, la misma familia que hoy fuera de Cuba mantiene un negocio valorado en miles de millones.

Lo que bien se aprende no se olvida. La política de la rapiña y la explotación más despiadada, aprendida en las prácticas cotidianas de la república machacada, sirven hasta el día de hoy.

Como reporta el periódico dominicano El Salto, la empresa Central Romana Corporation, de los Fanjul, en el año 2016 desalojó en ese país a 80 familias, derribando «casas con ancianos enfermos dentro y encañonando a menores para sacarles de un camino público». El desalojo fue calificado de «arbitrario y sin compasión» por la ong Selvas Amazónicas. Los Fanjul, fieles a sus orígenes, han sido denunciados por las condiciones semiesclavas de trabajo en sus propiedades. Nuestros burgueses no cambian.

Como recuerda Fernando Buen Abad, «a la burguesía le gusta jugar con la memoria para homenajearse a sí misma, convirtiéndose en añoranza profunda que se nos inserta como “recuerdo del futuro” inexistente. Inventaron “épocas de oro” para inocularnos ensoñaciones e ilusionismos nostálgicos, para hacernos sentir que perdimos esa “tierra prometida” que nunca tuvimos». (2)

Lo que en realidad significó la Revolución no fue otra forma de gobierno, fue una toma de poder clasista. Como resultado de ello, los que nunca perdían, perdieron. Perdieron los que siempre se las arreglaban para salir bien, los que jugaron al autonomismo hasta el final, cuando se aliaron con el poder ocupante para garantizar su asiento en la mesa de repartición, los que cuando cayó el tirano se fueron con mediadores y sargentos, rehaciendo luego el pacto con los nuevos corruptos que llegaron. Perdieron los que deshicieron en la práctica aquello que se avanzó en la Constitución del 40, los que suspiraron aliviados cuando esta fue enterrada por un golpe de Estado. Perdieron los que estaban acostumbrados a traerle un contrato repetido a los inquilinos nuevos de la casa presidencial. Esta vez, cuando los rebeldes entraron, barrieron a todos los dispuestos a la continuidad de aquel engaño para las mayorías. Entonces, vencidos, practicaron el milenario culto de los perdedores: el odio. Y en la derrota volvieron a mostrarse tal cual eran, tal cual fueron siempre desde la colonia: testaferros de imperios extranjeros.

Que nadie nos engañe creándonos una memoria falsa, nuestra lucha nunca fue sobre restaurar pasados o aparentar formalidades, o como le dijera Frank País a Fidel en una carta en 1957: «… es un hecho que el pueblo de Cuba no aspira ya al derrocamiento de un régimen ni a la sustitución de figuras, sino que aspira a cambios fundamentales en la estructura del país...».

La Revolución siempre fue sobre llevar al poder aquella mayoría que nunca lo pudo ejercer desde antes que existiéramos como nación, y desde hace más de 60 años lo hace empecinada, frente al poder que el Che calificara como el enemigo fundamental de la humanidad: el imperialismo estadounidense.

El precio de ese empecinamiento es el que hoy estamos pagando y el que estamos aún dispuestos a pagar. Lo demás, como diría mi abuelo, es cuento para niño bobo.

(Las citas de Ramón de Armas y Fernando Martínez Heredia son tomadas de La revolución pospuesta. Destino de la revolución martiana de 1895. Centro de estudios martianos, La Habana, 2002).

(1) Entrevista a Ana Cairo Ballester, revista Sin Permiso, publicada el 6 de abril de 2019.

(2) La memoria (también) es un campo de batalla simbólica, crónica digital, 8 de junio de 2020.


Fuente: Granma
Publicado por AiSUR
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