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"El horror económico": Viviane Forrester demuestra que los trabajadores no le hacen mucha falta al mercado

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Estos son extractos del exitoso  libro de Viviane Forrester (1999), «El horror económico»  Forrester expone el drama que supone que sufriendo nuestra sociedad una mutación brutal en su sistema de producción que está haciendo que se pueda aumentar la tasa de ganancia del capital destruyendo empleo, al punto de que es el propio concepto de empleo el que está perdiendo su sentido, millones  de personas que viven la amenaza del paro y la precariedad siguen sin ver en donde radica el problema realmente. Es una obra impresionante, imprescindible hoy. Se escribió en pleno auge de la economía financiera, justo antes de la crisis. Y sin embargo, Forrester parece hablarnos de la situación dramática del empleo hoy. La obra está sin reeditar y es bastante difícil de encontrar. ¿Cuál es el horror económico? Pues ni más ni menos que para el sistema de producción dominante sobran millones de personas, literalmente. 

 El horror Económico 

Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Millones de destinos son destruidos, aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener con vida para siempre nuestro tabú más sagrado: el trabajo.

En efecto, disimulado bajo la forma perversa de “empleo”,el trabajo constituye el cimiento de la civilización occidental,que reina en todo el planeta. Se confunde con ella hasta el punto de que, al mismo tiempo que se esfuma, nadie pone oficialmente en tela de juicio su arraigo, su realidad ni menos aún su necesidad. ¿Acaso no rige por principio la distribución y por consiguiente la supervivencia? La maraña de transacciones que derivan de él nos parece tan indiscutiblemente vital como la circulación de la sangre. Ahora bien, el trabajo, considerado nuestro motor natural, la regla del juego de nuestro tránsito hacia esos lugares extraños adonde todos iremos a parar, se ha vuelto hoy una entidad desprovista de contenido.

Nuestras concepciones del trabajo y por consiguiente del desempleo en torno de las cuales se desarrolla (o se pretende desarrollar) la política se han vuelto ilusorias, y nuestras luchas motivadas por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote con sus molinos de viento. Pero nos formulamos siempre las mismas preguntas quiméricas para las cuales, como muchos saben, la única respuesta es el desastre de las vidas devastadas por el silencio y de las cuales nadie recuerda que cada una representa un destino. Esas preguntas perimidas, aunque vanas y angustiantes, nos evitan una angustia peor: la de la desaparición de un mundo en el que aún era posible formularlas. Un mundo en el cual sus términos se basaban en la realidad. Más aún: eran la base de esa realidad. Un mundo cuyo clima aún se mezcla con nuestro aliento y al cual pertenecemos de manera visceral, ya sea porque obtuvimos beneficios en él, ya sea porque padecimos infortunios. Un mundo cuyos vestigios trituramos, ocupados como estamos en cerrar brechas, remendar el vacío, crear sustitutos en torno de un sistema no sólo hundido sino desaparecido.

 ¿Con qué ilusión nos hacen seguir administrando crisis al cabo de las cuales se supone que saldríamos de la pesadilla? ¿Cuándo tomaremos conciencia de que no hay una ni muchas crisis sino una mutación, no la de una sociedad sino la mutación brutal de toda una civilización? Vivimos una nueva era, pero no logramos visualizarla. 

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Por cierto, así perpetuamos lo que se ha convertido en un mito, el más venerable que se pueda imaginar: el mito del trabajo vinculado con los engranajes íntimos o públicos de nuestras sociedades. Prolongamos desesperadamente las transacciones cómplices hasta en la hostilidad, rutinas profundamente arraigadas, un estribillo cantado desde antaño en familia… una familia desgarrada, pero atenta a ese recuerdo compartido, ávida de los rastros de un denominador común, de una suerte de comunidad aunque sea fuente y se de de las peores discordias, las peores infamias. ¿Cabría decir, de una suerte de patria? ¿De un vínculo orgánico tal que cualquier desastre es preferible a la lucidez, a la comprobación de la pérdida, cualquier riesgo es más aceptable que la percepción y conciencia de la extinción del que fuera nuestro medio?

 A partir de ahora nos corresponden los medicamentos suaves, las farmacopeas vetustas, las cruentas cirugías, las transfusiones sin ton ni son (que benefician sobre todo a ciertos personajes). A nosotros nos corresponden los discursos tranquilizantes y pontificadores, el catálogo de las redundancias, el encanto reconfortante de las eternas cantilenas que disimulan el silencio severo, inflexible de la incapacidad; uno las escucha atónito, agradecido de verse sustraído a los espantos de la vacuidad, reconfortado al mecerse al ritmo de las necedades familiares.

 Pero detrás de las supercherías, bajo los subterfugios oficializados, las pretendidas “operaciones” cuya ineficacia se conoce de antemano, el espectáculo morosamente asimilado, aparece el sufrimiento humano, real y grabado en el tiempo, en ese que trama la verdadera Historia siempre oculta. Sufrimiento irreversible de las masas sacrificadas, lo que viene a significar conciencias torturadas y negadas una por una.

 En todas partes se habla constantemente del “desempleo”. Sin embargo, se despoja al término de su sentido verdadero porque oculta un fenómeno distinto de aquel, totalmente obsoleto, que pretende indicar. No obstante, nos hacen al respecto laboriosas promesas, generalmente falaces, que nos permiten vislumbrar cantidades ínfimas de puestos de trabajo ágilmente emitidos (saldados) en el mercado; porcentajes despreciables en comparación con los millones de individuos excluidos del trabajo asalariado y que, tal como van las cosas, seguirán en esa condición durante décadas. ¿Y en qué estado se encontrarán la sociedad, ellos y el “mercado del empleo”?

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Pero mientras se distrae así a la gente, millones de personas, digo bien, personas, puestas entre paréntesis, tienen derecho por un tiempo indeterminado, acaso sin otro límite que la muerte, a la miseria o su amenaza próxima, con frecuencia a la pérdida del techo, de la consideración social e incluso de la autoestima. Sólo pueden aspirar a la angustia de la inestabilidad o el naufragio de la propia identidad. Al más vergonzoso de los sentimientos: la vergüenza. Porque cada uno aún se cree (se le alienta a creerse) el amo frustrado de su destino, cuando en realidad es una cifra introducida por el azar en una estadística. Hay multitudes de seres que bregan, solos o en familia, para evitar o no caer en exceso y antes de tiempo, en el estancamiento. Otros, en la periferia, temen y corren el riesgo de caer en ese estado.

 Lo más nefasto no es el desempleo en sí sino el sufrimiento que engendra y que deriva en buena medida de su insuficiencia con respecto a aquello que lo define; con respecto a aquello que proyecta el término “desempleo”, que si bien ha perdido vigencia, aún sigue determinando su significado. El fenómeno actual del desempleo ya no es lo que designa ese término, pero se pretende encontrarle solución y, sobre todo, juzgar a los desempleados sin tener en cuenta ese hecho y en función del reflejo de un pasado destruido. En realidad, aún no se ha precisado ni definido la forma contemporánea de lo que aún se llama desempleo, y por consiguiente no se la ha tenido en cuenta. La verdad es que no tiene nada que ver con lo que habitualmente se llama “desempleo” y “desempleados”; aunque se dice que el problema está en el centro de las preocupaciones generales, en realidad se oculta el fenómeno verdadero.

 En la actualidad, un desempleado no es objeto de una marginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a determinados sectores; está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, de los puestos de trabajo.

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Porque nada debilita ni paraliza tanto como la vergüenza. Ella altera al individuo hasta la raíz, agota las energías, admite cualquier despojo, convierte a quienes la sufren en pre- sa de otros; de ahí el interés del poder en recurrir a ella e imponerla. La vergüenza permite imponer la ley sin hallar oposición y violarla sin temer la protesta. Genera el impasse, paraliza cualquier resistencia, impide rechazar, desmitificar, enfrentar la situación. Distrae de todo aquello que permitiría rechazar el oprobio y exigir un ajuste de cuentas político con el presente. Más aún, permite explotar esta resignación, así como el pánico virulento que ella misma ayuda a crear.

 La vergüenza debería cotizarse en la Bolsa: es un factor importante de las ganancias.

 La vergüenza es un valor contante y sonante, como el sufrimiento que la provoca o que ella suscita. Por consiguiente, no sorprende ver la saña inconsciente, diríase característica, con que se trata de reconstituir y rellenar a voluntad aquello que la origina: un sistema difunto y fracasado, pero cuya prolongación artificial permite ejercer subrepticiamente vejaciones y despotismos de buena ley en nombre de la “cohesión social”.

 Sin embargo, sobre este sistema ronda una pregunta esencial, jamás formulada explicitamente: “¿Es necesario «merecer» el derecho de vivir?” Una ínfima minoría, provista de poderes excepcionales, propiedades y derechos considerados naturales, posee de oficio ese derecho. En cambio el resto de la humanidad, para “merecer” el derecho de vivir, debe demostrar que es “útil” para la sociedad, es decir, para aquello que la rige y la domina: la economía confundida más que nunca con los negocios, la economía de mercado. Para ella, “útil” significa casi siempre “rentable”, es decir que le dé ganancias a las ganancias. En una palabra, significa “empleable” (“explotable” sería de mal gusto).

 Este mérito —mejor dicho, este derecho a la vida— pasa por el deber de trabajar, de estar empleado, que a partir de entonces se vuelve un derecho imprescriptible sin el cual el sistema social sería una vasta empresa de asesinato.

 ¿Pero qué sucede con el derecho de vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohibe cumplir el deber que da acceso al derecho, cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación? Se sabe que hoy están permanentemente cerrados estos accesos a los puestos de trabajo, que a su vez han prescrito debido a la ineficiencia general, el interés de algunos o el curso de la Historia… todo colocado bajo el signo de la fatalidad. Por lo tanto, ¿es normal o siquiera lógico imponer aquello que falta por completo? ¿Es siquiera legal imponer como condición necesaria para la supervivencia aquello que no existe? No obstante, se busca obstinadamente perpetuar este fiasco. Se da como norma un pasado trastornado, un modelo periclitado; se imprime a las actividades económicas, políticas y sociales un rumbo oficial basado en esta carrera de fantasmas, esta invención de sucedáneos, esta distribución prometida y siempre postergada de lo que ya no existe; se sigue fingiendo que no hay impasse, que se trata solamente de pasar las consecuencias malas y transitorias de errores reparables.

 ¡Qué embuste! Tantos destinos masacrados con el solo fin de construir la imagen de una sociedad desaparecida, basada en el trabajo y no en su ausencia; ¡tantas vidas sacrificadas al carácter ficticio del adversario que se promete vencer, a los fenómenos ilusorios que se pretende querer reducir y poder controlar!

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¡Seguimos rutinas insólitas! No se sabe si es cómico o siniestro que ante la falta constante, indesarraigable y creciente de puestos de trabajo se obligue a los millones de desempleados, cada día laborable de la semana, el mes, el año, a salir a la búsqueda “efectiva y permanente” de ese trabajo que ya no existe. Cada día, semana, mes, año, se los condena a postularse en vano, frustrados de antemano por las estadísticas. Porque hacerse rechazar cada día laborable de cada semana, mes e incluso año, ¿no sería un empleo, un oficio, una profesión? ¿No sería un puesto, un trabajo, incluso un aprendizaje? ¿Es un destino verosímil? ¿Una ocupación racional? ¿Una forma recomendable de emplear el tiempo?2

 Esto se asemeja más bien a un intento de demostrar que los ritos del trabajo se perpetúan, que los interesados se interesan, que llevados por un optimismo conmovedor forman filas ante las ventanillas de las Oficinas de Empleo, detrás de las cuales se amontonarían los puestos de trabajo virtuales, insólita y transitoriamente desviados por corrientes adversas. En tanto sólo subsiste la ausencia provocada por su desaparición…

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Es la única manera de preparar una sociedad de esclavos definidos exclusivamente por su esclavitud. Pero, ¿de qué sirve atiborrarse de esclavos si su trabajo es superfluo? Como en un eco a la pregunta que “sobrenadaba” un poco más arriba, nace otra que uno teme escuchar: ¿es “útil” una vida que no le da ganancias a las ganancias?

 

Aquí aparece quizá la sombra, el anuncio o el rastro de un crimen. No es poca cosa cuando una sociedad lúcida, sofisticada, conduce a toda una “población” (en el sentido que le dan los sociólogos) como quien no quiere la cosa hasta los extremos del vértigo y la fragilidad: a las fronteras de la muerte y tal vez más allá. Tampoco es poca cosa inducir a aquellos a quienes avasalla a buscar, mendigar un trabajo, de cualquier tipo y a cualquier precio (es decir, el menor). Y si no todos se entregan en cuerpo y alma a la búsqueda vana, la opinión general es que deberían hacerlo.

 Y aun no es poca cosa que los detentadores del poder económico, es decir, del poder, tengan a sus pies a esos agitadores que hasta ayer reclamaban, reivindicaban, combatían. Qué placer verlos implorar por aquello que hasta ayer denostaban y hoy anhelan con fervor. Y tampoco es poca cosa tener a su merced a los otros, los que al poseer un salario, un puesto, se cuidarán de la menor agitación, temerosos de perder esas conquistas tan escasas, tan preciosas y precarias, para unirse a la cohorte porosa de los “hundidos en la miseria”. En vista de cómo descartan a hombres y mujeres en función de un mercado de trabajo errático, cada vez más virtual, comparable a la “piel de zapa”, un mercado del cual dependen ellos y sus vidas pero que no depende más de ellos; de cómo con frecuencia no se los contrata ni se los contratará más, y cómo vegetan, sobre todo los jóvenes, en un vacío sin límites, degradante, en el cual se las ven negras; de cómo, a partir de entonces, la vida los maltrata y se la ayuda a maltratarlos; de que hay algo peor que la explotación del hombre por el hombre: la ausencia de explotación… ¿cómo evitar la idea de que al volverse inexplotables, imposibles de explotar, innecesarias para la explotación porque ésta se ha vuelto inútil, las masas y cada uno dentro de ellas pueden echarse a temblar?

 Pues bien, la pregunta, “¿es ‘útil’ una vida que no le da ganancias a las ganancias?”, que a su vez es eco de “¿es necesario ‘merecer’ la vida para tener el derecho de vivir?”, despierta el miedo insidioso, el pavor difuso, pero justificado, de que se tenga por superfluo a un gran número de seres humanos, incluso a la mayoría. No inferiores ni reprobos: superfluos. Y por ello nocivos. Y por ello…

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 ¿Qué sucedería si desapareciera la democracia? ¿No aparecería el riesgo de formular el “exceso” (que por otra parte se acrecentará inexorablemente)? ¿De pronunciarlo y de esa manera consagrarlo? ¿Qué sucedería si el “mérito” del cual dependería más que nunca el derecho de vivir, y el derecho en sí mismo, fueran juzgados y administrados por un régimen autoritario?

 No ignoramos, no podemos fingir que ignoramos, que al horror nada le es imposible y que las decisiones humanas no conocen límites. De la explotación a la exclusión, de ésta a la eliminación e incluso a desastrosas explotaciones aún desconocidas: ¿es ésta una hipótesis inconcebible? Sabemos por experiencia que la barbarie, siempre latente, se conjuga de maravillas con la mansedumbre de esas mayorías que saben incorporar el horror a la frivolidad ambiente.

 Se advierte que frente a ciertos peligros, virtuales o no, es el sistema basado en el trabajo (aún reducido al estado de sombra) el que aparece como nuestra defensa, lo cual acaso justifica que nos aferremos regresivamente a esas normas que ya no tienen vigencia. Pero no por ello es menos cierto que el sistema descansa sobre cimientos podridos, más permeables que nunca a toda forma de violencia y perversidad. Sus rutinas, aparentemente capaces de atenuar o demorar lo peor, giran en el vacío y nos mantienen adormecidos en aquello que en otra parte he llamado la “violencia de la calma”.. Es la más peligrosa, la que permite a las demás desencadenarse sin obstáculos; proviene de un conjunto de imposiciones derivado de una tradición terriblemente larga de leyes clandestinas. “La calma de los individuos y las sociedades se obtiene mediante el ejercicio de antiguas fuerzas coercitivas subyacentes, de una violencia enorme y tan eficaz que pasa inadvertida”, y que en última instancia se la incorpora a tal punto que deja de ser necesaria. Esas fuerzas nos coaccionan sin necesidad de manifestarse. Lo único que aparece a la vista es la calma a la que nos vemos reducidos incluso antes de haber nacido. Esa violencia, agazapada en la calma instituida por ella, se prolonga y actúa, indetectable. Entre otras funciones, vigila los escándalos que ella misma disimula para imponerlos mejor, y suscita una resignación generalizada tal, que uno ya no sabe a qué se ha resignado: ¡tan hábil es para imponer el olvido!

 Contra ella no hay otra arma que la exactitud y la frialdad de la verificación. La crítica es más espectacular pero menos drástica porque entra en el juego propuesto y acepta sus reglas, les da legitimidad incluso al oponerse a ellas. Resulta así que “desbaratar” es la palabra clave. Se trata de desbaratar la inmensa y febril partida planetaria cuyos premios nunca se conocen, ni la clase de espectáculo que nos brinda (o quién nos lo brinda) y detrás de la cual se jugaría otra.

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 El mejor ejemplo de ello es que los textos, los tratados que analizan los problemas del trabajo y por ende del desempleo, en realidad sólo tratan sobre la ganancia que conforma su base, su matriz, pero sin mencionarla jamás. Aunque en ese terreno calcinado la ganancia sigue siendo el gran ordenador, se la conserva en secreto. Persiste más allá, considerada tan evidente que va de suyo. Todo se organiza, prevé, prohibe y realiza en función de la ganancia, que por lo tanto parece insoslayable, unida al meollo mismo de la vida hasta el punto quejio se la distingue de ella. Opera a la vista de todos, pero no se la percibe. Aparece activamente por todas partes pero jamás se la menciona a no ser bajo la forma de esas púdicas “creaciones de riquezas” consideradas beneficiosas para toda la especie humana y proveedoras de multitudes de puestos de trabajo.

 Por consiguiente, todo cuanto afecta a esas riquezas es criminal. Hay que conservarlas a toda costa, jamás ponerlas en tela de juicio, olvidar (o fingir que se olvida) que siempre benefician al mismo grupo reducido de personas, cuyo poder se acrecienta constantemente para imponer esa ganancia (que es suya) como única lógica, como la sustancia misma de la existencia, el pilar de la civilización, la garantía de la democracia, el móvil (fijo) de toda movilidad, el centro neurálgico de toda circulación, el motor invisible e inaudible, intocable, de nuestras actividades.

 Por consiguiente, la ganancia tiene la prioridad; es el origen de todo, como una suerte de big bang. Sólo después de garantizar y deducir la parte que le toca a los negocios —a la economía de mercado— se tiene en cuenta (cada vez menos) a los demás sectores, entre ellos los de la ciudad. Ante todo está la ganancia, en función de la cual se instituye lo demás.

 Sólo después se distribuyen las sobras de las dichosas “creaciones de riquezas” sin las cuales, se nos dice, no habría nada, ni siquiera esas migajas que por otra parte se van reduciendo: no hay otra reserva de trabajo ni de recursos.

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Esta propaganda eficaz supo apoderarse, lo que no es baladí, de una serie de términos positivos, seductores, para acapararlos, tergiversarlos y conservarlos juiciosamente. Así pues, tenemos un mercado libre para obtener ganancias; planes sociales encargados de expulsar de su trabajo, al menor costo posible, a hombres y mujeres que a partir de entonces quedan privados de medios de subsistencia e incluso de un techo; un Estado providencial que actúa como si reparara las injusticias flagrantes, a menudo inhumanas. Y a ellos se suman esos beneficiarios que se sienten humillados por hallarse en tal estado (y lo están), cuando no se considerará “beneficiario”, de la cuna a la tumba, a un heredero.

 ¿Baladí?

 No escuchamos el doblar de las campanas por ciertas palabras. Si las palabras “trabajo” y por consiguiente “desempleo” persisten despojadas del sentido que aparentan transmitir, es porque en virtud de su carácter sagrado, imponente, ayudan a conservar los restos de una organización caduca, pero capaz de salvaguardar durante un tiempo la “cohesión social” a pesar de su “fractura”… ¡y así se enriquece la lengua! 

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Si a esos vocabularios, herramientas del pensamiento capaces de expresar los sucesos, no sólo se los declara sospechosos sino que se los decreta vacíos de contenido, y si en su contra se esgrime la más eficaz de las amenazas, la del ridículo, ¿qué armas, qué aliados les quedan a aquellos a quienes sólo un examen estricto de la situación los salvaría no tanto de la miseria y el ultraje como de sentirse avergonzados de ellos y de ser olvidados en vida? ¿Cómo llegamos a semejante amnesia, a esta memoria lacónica, al olvido del presente? ¿Qué sucedió para que reinen hoy semejante impotencia de un lado y dominación del otro; la aceptación generalizada de ambas; semejante hiato?

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 No hay lucha alguna, salvo la que reivindica un espacio creciente para una economía de mercado, si no triunfante al menos omnipotente, y que por cierto posee una lógica propia a la cual no se enfrenta ninguna otra. Todos parecen participar del mismo campo, considerar que el estado actual de las cosas es el único natural, que el punto al que ha llegado la Historia es el que todos esperaban.

 Nadie apoya a los condenados. El otro discurso ahoga todos los demás. Impera una atmósfera totalitaria. Aterradora. Y no hay otros comentarios que los del señor Homais,4 más sempiterno, oficial, solemne y plural que nunca. Sus monólogos. La ponzoña que destila. 

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 Promesa de una resurrección de los espectros, que permite presionar siempre más, mientras haya tiempo, o marginar a los sectores cada vez más numerosos a los cuales esa falta reducirá rápidamente a la esclavitud, si no lo hizo ya. Más que esperar en condiciones desastrosas los resultados de promesas que no se concretarán, más que aguardar en vano, sumido en la miseria, el retorno del trabajo, el crecimiento de los empleos, ¿sería insensato volver decentes y viables por otros medios, hoy mismo, las vidas de quienes por falta de un trabajo o un empleo son considerados desposeídos, marginales, superfluos? Ya es tiempo de darles a esas vidas, nuestras vidas, su verdadero sentido: sencillamente el de la vida, la dignidad y los derechos. Ya es tiempo de sustraerlas de los caprichos de quienes los engañan.

Finalmente, ¿sería insensato esperar, no un poco de amor, tan vago, tan fácil de declarar, tan satisfecho de sí y que autoriza todos los castigos, sino la audacia de un sentimiento áspero, ingrato, de rigor inflexible y que rechaza cualquier excepción: el respeto?


 Tomado de:
Forrester, Viviane (1999). El horror Económico. Editorial. Fondo de Cultura Ecómica.  EFE. México

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